2. Cansancio permanente y debilidad general
Si antes tu ser querido caminaba con soltura y ahora se fatiga con facilidad, no lo tomes como algo normal. La fatiga constante y la pérdida de energía suelen indicar que el cuerpo está conservando recursos, ya sea por un problema cardíaco, respiratorio o simplemente por envejecimiento avanzado.
Dormir más horas, moverse menos o tener dificultades para realizar tareas simples son señales de que necesita más ayuda y acompañamiento. En este punto, la paciencia y la empatía son tan importantes como los medicamentos. No se trata de exigir movimiento, sino de ofrecer presencia y apoyo.
3. Desorientación, confusión o retraimiento emocional
Cuando una persona mayor empieza a olvidarse de cosas básicas, pierde el hilo de una conversación o se muestra desconectada, no siempre se trata de demencia. Puede ser que su cerebro esté recibiendo menos oxígeno o estímulos, o que el cansancio mental le impida concentrarse.
Además, muchas veces el aislamiento social genera tristeza profunda o apatía.
Si notas que se retrae, no lo dejes solo. Escucha sin corregir, acompaña sin juzgar y mantén la calma. En esta etapa, la compañía serena vale más que cualquier palabra.
4. Enfermedades que se repiten o heridas que no sanan
El sistema inmunológico también envejece. Cuando las defensas bajan, las infecciones se vuelven más frecuentes y las heridas demoran más en cicatrizar. Una tos que no se va, una herida que tarda semanas en cerrar o infecciones urinarias repetidas son señales de alerta que deben tomarse en serio.