« Como vuelvas a pisar esta casa, te juro que te echo con mis propias manos, vieja inútil. »
Ese fue el saludo que recibió Joana Méndez , viuda de setenta y cinco años, al cruzar el arco de piedra de la hacienda del desierto en Almería , aquella que había levantado junto a su difunto esposo Eduardo hace más de cuarenta años.
Joana había venido buscando silencio, viento caliente y el aroma de las jaras que siempre rodeaban su taller. Pero lo que encontró fue a Vanessa Méndez , su nuera, posando como si fuese la dueña legítima del lugar, rodeada de sus dos hermanas, una prima y dos sobrinos que la miraban con burla mal disimulada.
—No tienes derecho a estar aquí, Joana. Ya he hablado con “los que mandan” —dijo Vanessa, cruzándose de brazos—. Esta casa está destinada a mi familia. Tú ya no pintas nada.
Joana, con la serenidad que siempre había sido su armadura, respondió:
— La escritura está a mi nombre. Esta fue la casa de Eduardo y mía. Nadie puede quitarme eso.
Vanessa soltó una carcajada amarga.
—Escritura? Nadie se cree tus papeles viejos. Además, esta casa es una ruina. Solo estorbas.
Aquellas palabras le dolieron más que el calor seco clavándose en su garganta. Como costurera durante décadas, Joana había cosido millas de prendas para poder pagar los ladrillos, las tejas y cada herramienta del taller que ahora Vanessa llamaba “trastos inútiles”.
El ambiente se tensó más cuando Vanessa se acercó demasiado, invadiendo su espacio.
—Te lo diré claro, Joana. O te larga tú… o te echo yo.
Joana no alcanzó a reaccionar. Un empujón brutal en el pecho la lanzó hacia atrás. Ocurrió en segundos: el crujido del cristal del taller, su cuerpo atravesándolo, el dolor seco al golpear el suelo, y el polvo mezclado con sangre resbalando por su brazo.
La habitación donde Eduardo guardaba sus herramientas era ahora un escenario roto.
Desde el interior de la casa se escuchó finalmente la voz de su hijo:
— ¿Qué está pasando?