Convertirme en tutora legal de mis hermanas gemelas de diez años cambió mi vida de la noche a la mañana. Pasé de planear una boda a organizar la recogida de las niñas del colegio, las rutinas para la hora de dormir y cómo ayudar a dos niñas pequeñas a encontrar un equilibrio tras una pérdida familiar.
Pensé que mi prometida sería mi compañera en todo. Decía las cosas correctas, abrazaba a las niñas, sonreía a los vecinos y hablaba de “nuestra nueva normalidad”. Pero a puerta cerrada, descubrí la verdad sobre sus sentimientos hacia mis hermanas, y eso me obligó a elegir lo que más importaba.
Antes de que todo cambiara
Seis meses antes, mi vida era ajetreada, pero normal.
Tenía veinticinco años y trabajaba como ingeniera estructural. Mis días estaban llenos de visitas a la obra, plazos y resolución de problemas. Mis tardes las dedicaba a planificar la boda, a elaborar presupuestos y a hablar del futuro.
A mi prometida, Jenna, le encantaba planificar. Tenía un talento especial para ello, la verdad. Hacía listas. Guardaba ideas. Le gustaba hablar del tipo de hogar que tendríamos y del tipo de familia que formaríamos.
Mi madre, Naomi, me enviaba mensajes constantemente. Pequeñas cosas. Recordatorios de la compra. Preguntas sobre planes para la cena. Noticias sobre mis hermanas gemelas, Lily y Maya, que tenían diez años y todavía creían que los cumpleaños eran algo importante.
La vida parecía predecible.