Desde ese día, mi hijo cambió.
Ya no exige.
Ya no ordena.
Ahora pregunta, llama, agradece y respeta.
Y aunque ya no tengo la casa de playa,
gané algo mucho más valioso:
Mi tranquilidad…
y el respeto de mi propio hijo.
Desde ese día, mi hijo cambió.
Ya no exige.
Ya no ordena.
Ahora pregunta, llama, agradece y respeta.
Y aunque ya no tengo la casa de playa,
gané algo mucho más valioso:
Mi tranquilidad…
y el respeto de mi propio hijo.