Michael levantó la vista lentamente, encontrando la mirada de Daniel con una intensidad serena y firme. “Buenos días”, dijo en voz baja y controlada. “Emily me lo contó todo”.
La sonrisa de Daniel se desvaneció. Apretó la mandíbula y tensó los hombros como preparándose para una sorpresa inesperada. El reloj de la cocina sonó con fuerza en el silencio entre ellos.
Emily dejó otro plato, con las manos firmes y la voz serena. “Siéntate, Daniel. Aún no he terminado.”
Y en ese momento, todo cambió. El miedo silencioso que había definido el hogar de Emily durante años estaba a punto de chocar con la verdad que ya no podía ocultar.
Daniel no se sentó. Su instinto le decía retirarse, recuperar el control retrocediendo, pero la presencia de Michael impedía ese patrón familiar. No era su tamaño ni su fuerza; era la seguridad de su postura. Michael no estaba allí para gritar ni para empezar una discusión; estaba allí porque Emily finalmente había pedido ayuda.
Emily se sentó primero, ocupando la silla al final de la mesa. No temblaba. No se cruzó de brazos a la defensiva, como solía hacer cuando Daniel se ponía tenso. Por primera vez, parecía… serena.
—Emily —empezó Daniel, obligándose a usar un tono cauteloso—, sabes que no quise… —Para —dijo ella en voz baja. Pero esa suavidad no era sumisión; era determinación—. Lo dijiste la última vez. Y la anterior. Y la anterior.