Ese momento —un trato improbable entre una millonaria paralizada y un niño hambriento— los puso a ambos en un camino que ninguno podría haber predicho.
A la mañana siguiente, Marcus apareció en el ático de Caroline. Se veía nervioso pero decidido, cargando un cuaderno lleno de ejercicios garabateados que había copiado de libros de la biblioteca. Caroline lo observó caminar sobre los pisos de mármol, tan fuera de lugar en su mundo de candelabros y ventanales de suelo a techo.
—Muy bien, entrenador —bromeó ella—. Muéstrame lo que tienes.
Marcus comenzó con estiramientos. Colocó las piernas de Caroline con cuidado, animándola a empujar contra la resistencia. Al principio, Caroline lo odió: el dolor ardiente, la frustración, la humillación de fallar en los movimientos más simples. Pero la persistencia de Marcus era inquebrantable.
—Es más fuerte de lo que cree —le dijo él—. Una repetición más. No pare ahora.
Día tras día, él regresaba. Trabajaban con pesas de mano, ejercicios de equilibrio, incluso poniéndose de pie con apoyo. Caroline maldecía, lloraba y casi se rendía. Pero Marcus nunca flaqueó. Celebraba pequeñas victorias —un tic en el pie de ella, un segundo extra de pie— como si fueran triunfos olímpicos.
Mientras tanto, el ático de Caroline comenzó a cambiar. La sala de estar, antes estéril, resonaba con risas, con los chistes torpes de Marcus, con el ritmo del esfuerzo. Su asistente personal notó el cambio: Caroline sonreía más, ladraba menos órdenes e incluso preguntaba por la vida de Marcus.
Lo que aprendió la llenó de humildad. Marcus vivía con su madre en un vecindario plagado de crimen y pobreza. La comida escaseaba. Sin embargo, él todavía encontraba tiempo para estudiar, colándose en bibliotecas públicas, viendo videos de terapia en teléfonos prestados, negándose a rendirse.
En su determinación, Caroline reconoció una parte de sí misma: la misma tenacidad que había usado para construir su primera compañía. Solo que Marcus tenía muchas menos herramientas, muchas menos oportunidades.