Se encendía el carbón en un pequeño brasero o estufa. Las brasas se transferían a la caja de la plancha y se cerraba la tapa. El usuario comprobaba la temperatura con un trozo de tela antes de planchar. A medida que se enfriaba, se abrían las rejillas de ventilación o se añadían brasas nuevas para mantener la temperatura constante. Este diseño solucionó un gran problema de las planchas antiguas, que requerían recalentamiento constante en la estufa.
Vida cotidiana, oficio y técnica.
Durante generaciones, este fue el núcleo del día de la colada. Sastres, modistas, lavanderías de hoteles y familias dependían de él para alisar costuras, fijar pliegues y lustrar cuellos. La ropa se humedecía previamente para que el vapor de la suela caliente relajara las fibras. Los usuarios desarrollaban un ritmo: planchar, levantar, ventilar, planchar de nuevo. Los cuellos y puños almidonados se lustraban, a veces con un poco de cera de abeja o jabón en la suela. La plancha siempre se colocaba sobre un salvamanteles y las cenizas se vaciaban fuera por seguridad.
¿Por qué las decoraciones? Los
fabricantes solían añadir cierres o asas ornamentales —pájaros, leones, volutas— no solo por estética, sino también para facilitar el agarre y la apertura rápida. Los artesanos se enorgullecían de crear herramientas robustas y elegantes.
¿Por qué es importante hoy en día?
La plancha de carbón es más que una antigüedad: es una muestra de ingenio. Un aparato inalámbrico, reutilizable y reparable mucho antes de la llegada de la electricidad.