Ya no tengo miedo.
El silencio que siguió fue casi sagrado.
Entonces, el perro lanzó un ladrido —un grito desgarrador, casi humano—.
El prisionero la abrazó con todas sus fuerzas, aferrándose a ella por un último segundo…
Ya no tengo miedo.
El silencio que siguió fue casi sagrado.
Entonces, el perro lanzó un ladrido —un grito desgarrador, casi humano—.
El prisionero la abrazó con todas sus fuerzas, aferrándose a ella por un último segundo…