Lo que verdaderamente importa no es visible inmediatamente.
Las etiquetas ofrecen mucha más información que la apariencia. Términos como “criado en pastura”, “orgánico”, “de corral” o “con certificación humanitaria” ofrecen pistas sobre las condiciones de vida, la dieta, el uso de medicamentos y el bienestar animal. Estos factores afectan no solo la ética, sino también la nutrición y el sabor.
Tus sentidos también influyen. El pollo fresco debe oler limpio y sentirse firme. Cualquier olor agrio o a azufre indica descomposición, sin importar el color. Una vez cocinado, el sabor y la jugosidad son la clave, y estas cualidades dependen mucho más de cómo vivió el pollo que de su aspecto en el paquete.
Al final, no existe un único color de pollo “adecuado”. La mejor opción depende de tus valores, tu presupuesto y el tipo de comida que estés planeando. A veces, la comodidad es lo más importante. A veces, el sabor. A veces, la ética guía la decisión. Ninguna de esas prioridades está escrita en amarillo o blanco pálido.
El pasillo de la carne está lleno de historias inéditas. El color es solo la primera línea. El resto lo descubres tú.