Creí estar viendo un crimen, hasta que vi lo que el motociclista guardaba.
Era una tarde de julio brutalmente calurosa, de esas en las que el aire se siente pesado y el asfalto parece derretirse. Mientras me dirigía a mi coche en el aparcamiento del centro comercial, la temperatura marcaba 37 grados. Fue entonces cuando lo oí: el rugido grave de una moto que se ponía en fila detrás de mí.
El hombre que se bajó parecía intimidante. Era enorme, llevaba un chaleco de cuero desgastado, barba gris que le cubría el pecho y brazos cubiertos de tatuajes. Aparcó junto a un elegante BMW negro, apagó el motor y lo observó en completo silencio.
Entonces, sin previo aviso, metió la mano en su alforja, sacó una llave de tubo y la estrelló contra la ventanilla del conductor.
El cristal se hizo añicos en el pavimento.