Para dimensionarlo mejor, el estudio también reporta intervalos de confianza (95%), que muestran el rango probable del efecto observado. Por ejemplo, para sueño insuficiente el OR fue 1.62 (1.46–1.79), lo que sugiere una asociación consistente en la muestra analizada.
Los investigadores enfatizan que esto es asociación, no prueba de causa. Aun así, el tamaño del estudio hace que la señal sea difícil de ignorar y útil para orientar decisiones familiares.
Por qué la edad importa (más que el simple “sí o no”)
El punto más sensible no es solo “tenerlo”, sino cuándo llegó. El estudio encontró que adquirir el primer smartphone a una edad más temprana se vinculó con dos resultados: obesidad y sueño insuficiente a los 12 años.
Por cada año más temprano de adquisición, aumentaron las probabilidades de obesidad (OR 1.09) y de sueño insuficiente (OR 1.08). Un año puede parecer poco, pero la diferencia se vuelve relevante cuando hablamos de varios años.
¿La explicación? El smartphone concentra notificaciones, redes, videos y mensajería permanente. Eso puede empujar a dormir menos y a moverse menos, desplazando actividad física o juego. El estudio no prueba cuál mecanismo domina, pero deja claro que el “cuándo” merece tanta atención como el “cuánto”.
Qué pueden hacer las familias (sin culpas y con medidas concretas)
Los autores señalan que los resultados no buscan culpar a los padres; muchos entregan el teléfono por motivos reales. La clave es reducir riesgos con reglas simples y sostenibles, y conversar con el pediatra si hay dudas sobre madurez, hábitos o señales emocionales.