Sin embargo siempre fue todo lo contrario y su más grande orgullo era saber que tenía un ejemplar papá que siempre lo esperaba en casa con los brazos abiertos.
De hecho, Sader aseguró que durante toda su vida su padre lo crió como cualquier otro niño “normal” y se esforzó siempre por darle lo mejor.
Jad trabajaba en un molino de trigo, y ahorraba su salario para el futuro de su hijo, ya que su más grande aspiración era verlo convertido en un gran médico y profesional.
Fue así como logró pagar la universidad de Sader para que fuera dentista a pesar de las adversidades.
El orgullo de Jad su padre, indudablemente es la mejor recompensa que ha recibido Sader más allá de su título profesional, cuándo su padre le dice a todos sus amigos “¡Mi hijo es médico!”
“Es como si dijera: ‘Tengo Síndrome de Down, pero he criado a mi hijo y he hecho todo lo posible para que llegue a ser doctor’. Estoy muy orgulloso de él”
Pero el orgullo no es solo de Jad, pues Sader también comparte el mismo por su padre, pues asegura que siente un amor profundo y admiración total por él.
“Si pudiera elegir un padre, no tengo la menor duda de que lo elegiría a él”.