El azúcar es, sin duda, una de las sustancias más consumidas del planeta, pero también una de las más adictivas y dañinas. Aunque se venda en cada esquina y se ofrezca como sinónimo de placer, su efecto real sobre el organismo es comparable al de una droga legal: da una breve sensación de bienestar y energía, para luego generar un desgaste silencioso que afecta la salud física y mental. Desde pequeños, nos acostumbran a verla como algo inofensivo, presente en postres, bebidas y hasta en alimentos salados. Sin embargo, detrás de ese sabor placentero se esconde una de las adicciones más normalizadas del siglo XXI.
Dejar el azúcar no es fácil, pero tampoco imposible. Y los cambios que produce en el cuerpo pueden percibirse en tan solo cuatro semanas. Lo que muchos desconocen es que esta sustancia altera la química cerebral, afecta el metabolismo, debilita el sistema inmune y acelera el envejecimiento celular.
Durante los primeros días sin azúcar, el cuerpo entra en lo que los expertos llaman un síndrome de abstinencia. Es común experimentar cansancio, irritabilidad, dolores de cabeza o ansiedad. El cerebro, acostumbrado a recibir un constante flujo de dopamina cada vez que ingerimos algo dulce, comienza a reclamarla. No se trata de falta de voluntad, sino de un sistema nervioso intentando desintoxicarse de una adicción invisible. En esta etapa, lo más recomendable no es eliminar el azúcar de golpe, sino reducirla progresivamente, bajando su presencia en el café, los refrescos y los postres.