“Mamá, ¿por qué nunca tienes dinero?”
Introducción
“¿Mamá, por qué nunca tienes dinero? ¿A dónde va cada mes?”
Ella estaba con la cabeza baja.
No porque no supiera la respuesta, sino porque le daba vergüenza decirla.
Se sentó al borde de la cama, con las manos juntas sobre su regazo.
Sus hijos —dos hijos y una hija, todos mayores de treinta— estaban frente a ella.
Enojados.
La conversación
—Recibes una pensión. No es mucho, pero es tuya. ¿A dónde va el dinero?
—¿Has prestado dinero a alguien otra vez?
—¿O alguien te lo ha quitado?
Ella permaneció en silencio, sin levantar la mirada.
Frotaba lentamente sus dedos con manos trabajadas.
—¡Mamá, habla! —la voz del mayor era dura, no por maldad, sino por frustración.
La casa estaba fría. Muebles viejos. Paredes desconchadas.
A veces la ayudaban, pero pensaban que simplemente no sabía manejar el dinero.
—No quiero hacerlos enojar… —susurró ella.
—¿Enojarnos? ¡Solo queremos la verdad!
La revelación
Entonces levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos.
—De mi pensión… pago tu préstamo, Andrei.
La habitación quedó en silencio.
—¿Qué préstamo?
—Hace dos años, cuando vinieron los alguaciles… y te dio vergüenza contarnos…
—Fui yo quien fue al banco.
—Pedí un préstamo a mi nombre.
—Para que no quitaran la casa.
Andrei se quedó paralizado.
—Pero… yo no lo sabía…
—No tenías que saberlo.
Luego miró a su hija.
—Y para ti, María… pagué tu tratamiento cuando estabas sin trabajo.
—Te dije que “había ahorrado un poco”.
María se llevó la mano a la boca.
—Mamá… no…
—Y a Ionuț le envié dinero cada mes mientras estudiaba.
—No vino de un tío.
—Vino de mí.
Silencio. Pesado.
—¿Por qué nunca nos lo dijiste? —preguntó el menor con voz quebrada.
Ella sonrió tristemente:
—Porque una madre no pone de rodillas a sus hijos.
—Ella se arrodilla sola.