Descubrió que a Lily le gustaba que le cepillaran el pelo, suave y despacio, con raya al medio.
Descubrió las canciones favoritas de Maya para dormir y las puso desde su teléfono mientras las niñas se acomodaban bajo las mantas.
Al principio, parecía amor.
Cuando Maya escribió el nombre de Jenna como contacto de emergencia en una libreta brillante que llevaba a todas partes, a Jenna se le saltaron las lágrimas y dijo algo sobre cómo siempre había querido tener hermanas menores. Le creí.
Quería creerle.
La verdad es que necesitaba creerle.
Porque estaba agotada, y la esperanza puede ser una especie de combustible.
Las primeras señales de que algo no iba bien
Pasaron unos meses.
El duelo se volvió rutina.
No más fácil, precisamente, pero sí más familiar. Las niñas volvieron a reír a carcajadas. Hicieron amigas en la escuela. Discutían con el cereal como niñas normales.
Y la amabilidad de Jenna empezó a parecer menos natural.
Al principio fue sutil.
Sonrisas forzadas.
Un suspiro cuando las niñas pidieron ayuda con la tarea.
Un comentario sobre cómo la casa se sentía más pequeña de lo que esperaba.
Me dije a mí misma que era estrés.