Mi hijo construyó un muñeco de nieve y la respuesta de un vecino lo convirtió en una lección inesperada.

Ese invierno, mi hijo de ocho años se apoderó de un pequeño rincón de nuestro jardín delantero.
Todas las tardes, al llegar del colegio, dejaba la mochila junto a la puerta, se ponía las botas y salía corriendo con la urgencia que solo los niños poseen. Sus mejillas se sonrojaban por el frío mientras se arrodillaba en la nieve, dándole forma con cuidado, con paciencia, como si importara, porque para él sí.

Cada muñeco de nieve tenía un nombre.
Cada uno tenía una historia.
Y todos llevaban la misma bufanda roja, perfectamente envuelta, como el toque final que los hacía reales.

Desde la ventana de la cocina, lo observaba trabajar. En esos momentos, el mundo se sentía más apacible. Su risa se extendía por todo el jardín y, por un rato, nada más importó.

Hasta que aparecieron las huellas de los neumáticos.

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