Mi hijo construyó un muñeco de nieve y la respuesta de un vecino lo convirtió en una lección inesperada.

Incluso a los ocho años, entendía algo importante: no estaba haciendo nada malo. Y eso hacía que la falta de respeto fuera más difícil de aceptar que la pérdida misma.

Hablé con el vecino de nuevo. Pedí, no exigí, solo pedí respeto básico.

Nada cambió.

Entonces, una tarde, mi hijo entró diferente.

Tranquilo. Pensativo. Casi… resuelto.

Me dijo que otro muñeco de nieve había sido destrozado. Luego me miró y dijo: “Ya no tienes que hablar con él”.
Le pregunté qué quería decir.

“Tengo un plan”, dijo. “No le hará daño a nadie. Lo prometo”.

Supuse que era una señal. O un límite. Algo inofensivo e infantil.

Al día siguiente, lo observé desde la ventana mientras construía un muñeco de nieve más grande que los demás: ancho, sólido, cuidadosamente colocado cerca del borde del césped, donde la hierba se unía con la calle. Noté destellos rojos bajo la nieve, pero estaba ocupado con la cena y no le di mucha importancia.

Esa noche, el sonido rompió el silencio.

Un fuerte estruendo.
Un grito.
Luego, el inconfundible rugido del agua corriendo.

Corrimos a la ventana.

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