Mi hijo construyó un muñeco de nieve y la respuesta de un vecino lo convirtió en una lección inesperada.

El coche de nuestro vecino estaba torcido cerca de la acera. Una boca de incendios, antes oculta bajo la nieve, había sido golpeada, lanzando chorros de agua al aire e inundando la calle. El muñeco de nieve se alzaba, o mejor dicho, se desplomaba, alrededor, marcando claramente un límite que nunca debería haberse cruzado.

La verdad era obvia.
Una vez más, había entrado en nuestro césped.

Esta vez, hubo consecuencias.

Llegaron los equipos municipales. Se presentaron denuncias. Se llamó al seguro. Nadie resultó herido, pero el mensaje era inconfundible.

Desde ese día, las huellas de los neumáticos nunca volvieron.

Mi hijo siguió haciendo muñecos de nieve durante el resto del invierno. Algunos se derritieron. Otros se inclinaron. Algunos se rindieron silenciosamente al viento. Pero ninguno volvió a ser aplastado por ruedas descuidadas.

Y cada vez que miraba ese pequeño rincón de nuestro jardín, me daba cuenta de algo importante:

Los límites no siempre necesitan ira.
A veces, solo necesitan establecerse claramente y, por fin, respetarse.

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