Ese verano, Theo y Gideon transformaron un viejo granero en un centro de rescate al que llamaron el Refugio de Michael. Levantaron paredes nuevas, construyeron perreras y aprendieron el uno del otro: un padre en duelo, un niño de buen corazón y el perro que unió sus vidas.
Cuando el refugio abrió, acudió todo el pueblo. Gideon les contó a los presentes que el refugio existía porque un niño compartió lo poco que tenía. Una placa debajo de un roble recién plantado decía:
“Para Michael, el amor nunca termina; simplemente encuentra nuevas manos”.
Han pasado los años. El roble ya se mantiene alto, Rusty es mayor y se relaja con más facilidad, y Theo todavía pasa todos los fines de semana en el refugio. Algunas noches, después de cerrar el restaurante, paso por allí y los veo (Gideon, Theo y Rusty) brillando bajo la cálida luz que se derrama desde el granero.