Solo queríamos una cena tranquila. Nada del otro mundo: un restaurante acogedor en el centro, platos aromáticos, música suave. Pero la noche se convirtió en una auténtica pesadilla. Mi amiga pidió una ensalada con aguacate y quinoa. Todo tenía una pinta deliciosa, hasta que de repente se quedó paralizada, con el tenedor a medio camino de la boca.
¿Ves eso?, preguntó, señalando algo en el plato. En la superficie de la ensalada había diminutas motas negras que parecían semillas de chía. Por un momento, incluso pensamos: «Quizás sean solo especias o algún aderezo de moda». Pero su rostro se tensó aún más.