Ese pequeño momento de incertidumbre cambia el comportamiento.
Es más probable que la comida se prepare fresca en lugar de sacarla de una bandeja. Es menos probable que las papas fritas hayan estado bajo una lámpara de calor. Las hamburguesas se arman con mayor precisión. Las bebidas se llenan correctamente. Las bolsas se revisan dos veces. Las sonrisas surgen con más naturalidad. El ritmo se mantiene eficiente sin sentirse apresurado.
Nada de esto requiere confrontación. Sin quejas. Sin alzar la voz. Basta con una simple frase: “¿Me puede dar mi recibo, por favor?”.
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El efecto es sutil pero constante, especialmente durante las horas punta, cuando es más probable que se escatimen gastos. Cuando el personal cree que una interacción podría ser evaluada, la capacitación se intensifica. Los procedimientos se siguen con mayor cuidado. Los estándares vuelven a ser importantes, aunque solo sea por unos minutos.