La deshidratación es otro factor clave. Muchas personas pasan horas sin tomar agua suficiente, reemplazándola por refrescos, café o bebidas azucaradas. Los riñones necesitan agua para filtrar correctamente. Cuando no la reciben, la concentración de desechos aumenta y el riesgo de daño también.
La presión arterial elevada es una de las causas más comunes de daño renal. Lo complicado es que la hipertensión no siempre da síntomas claros. Puede estar presente durante años sin molestias evidentes, mientras va afectando poco a poco los delicados vasos sanguíneos del riñón. Cuando se detecta el problema renal, muchas veces la presión alta ya lleva tiempo causando estragos.
Algo similar ocurre con los niveles elevados de azúcar en sangre. La diabetes mal controlada afecta directamente la capacidad de los riñones para filtrar adecuadamente. El exceso de glucosa daña los pequeños filtros internos, haciendo que sustancias que deberían quedarse en el cuerpo se pierdan a través de la orina.
Lo más preocupante es que las primeras etapas del daño renal suelen ser silenciosas. No hay dolor, no hay señales claras. A lo sumo, puede aparecer cansancio, hinchazón leve en pies o tobillos, cambios en la orina o una sensación general de malestar que se confunde fácilmente con estrés o falta de descanso.