1. Las prioridades cambian.
Al principio, era la familia: los hijos, mi esposa, la casa. Ahora, por primera vez, pienso en mí. Me compro libros, ropa, me permito descansar. Y, sin embargo, a veces, un sentimiento de culpa me corroe, como si una vocecita interior me susurrara: «Eres egoísta». Pero en realidad, no es egoísmo, es cuidar de uno mismo.
2. Surgen la culpa y el miedo.
A diario, oscilo entre “Merezco paz” y “He perdido algo importante”. A veces, anhelo el hombro de un hombre en el que apoyarme. Hay momentos en los que solo quiero que alguien me abrace y me susurre: “Todo estará bien”. Pero en casa, solo hay silencio. Y ese silencio es más fuerte que cualquier palabra.
3. Te acostumbras a la soledad.
Al principio, es doloroso. Luego, te acostumbras. Nadie critica, exige nada ni llega tarde. Pero con el tiempo, los intercambios animados, las sonrisas y la espontaneidad desaparecen. En algún momento, te das cuenta de que la comodidad no rima con la felicidad.
Lo que aprendí sobre mí.